

La valentía de hacer el bien (Lectura: Éxodo Capítulo 1).
Lo único que se necesita para que la maldad triunfe es que la gente buena no haga nada.
Cuando leo lo que hicieron las parteras Sifra y Fúa, reflexiono acerca de cuánto valor se necesita para hacer una buena acción en medio de tanta corrupción y maldad. Ellas valientemente desobedecieron la orden del poderoso Faraón de participar en los infanticidios. No solo eso, sino que además le mintieron, poniendo sus propias vidas en riesgo. Es decir, Sifra y Fúa estaban dispuestas a morir en lugar de que murieran los bebés.
La historia de Sifra y Fúa nos enseña que la integridad personal no se negocia. El Faraón gobernaba un país (Egipto) y sus siervos debían obedecerle aún en lo incorrecto. Pero él no tuvo ningún poder sobre el corazón de las parteras. Ellas no serían peones en la trama malvada del Faraón hacia el pueblo de Israel. Simplemente no serían partícipes en las muertes de los bebés inocentes.
Muchas personas están dispuestas a vender su integridad y decencia con tal de agradar a los fuertes o poderosos. No les importa el daño que causan a los demás con tal de obtener un beneficio. Hay quienes están dispuestos a ser cómplices de una mala acción y no se solidarizan con la verdad y la justicia, simplemente porque no les conviene a sus intereses.
Esta hermosa historia nos recuerda que tener una buena conciencia ante Dios vale mucho más que ser admirados por una sociedad corrompida y malvada.
Estas valientes parteras nos recuerdan que no necesitamos estar en posiciones privilegiadas para hacer el bien. Ahí, desde su humilde oficio, manchadas con sangre, sudor y fluidos corporales propios de una mujer que da a luz, hicieron su parte. Pudieron levantar sus brazos al cielo y decir: tenemos las manos limpias, no participaremos de semejante brutalidad.
Hagamos el bien desde donde estemos. Vayamos a donde nos necesiten. No nos neguemos cuando alguien nos pide ayuda. Tendamos la mano a los afligidos, y no cerremos nuestros oídos a las voces de auxilio. No necesitamos ser elocuentes o poderosos para hacer el bien. Solo necesitamos un corazón bondadoso que se compadezca de los que sufren.
Estas grandes mujeres nos enseñan que hacer el bien debe superar cualquier barrera social o étnica. No se sabe a ciencia cierta si las parteras eran egipcias o hebreas. Pero algo sí es seguro: eran empáticas con el sufrimiento de los demás. Como mujeres y sobre todo como seres humanos, no podían concebir el quitarle el hijo a otra mujer para llevarlo a la muerte. Se pusieron en el lugar de aquellas madres y familias que llorarían a sus amados hijos hasta la tumba, y ayudaron.
Vivimos en una sociedad en donde cada uno busca su propio beneficio. Pocas son las personas que están dispuestas a sacrificarse por los demás. Hoy existe demasiada indiferencia hacia los que sufren. Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de ser sensibles hacia los que lloran, demostrando así el amor de Dios que mora en nosotros.
El ejemplo de Sifra y Fúa nos enseña que un día el Juez juzgará las acciones de cada ser humano (2ª Co. 5:10). No lo olvidemos: La mejor almohada es tener una conciencia tranquila. El que hace lo malo, por más vil y duro que aparentemente sea, nunca podrá dormir tranquilo. Porque en esta vida todo lo que se hace tarde o temprano se paga.
La firmeza de carácter de estas parteras nos da esperanza, sabiendo que al final cosecharemos los frutos por haber hecho lo correcto. Al que obra mal, le irá siempre mal. No nos engañemos, nunca sacaremos nada realmente provechoso por hacer lo incorrecto. Al contrario, al que obra bien, el Creador lo bendecirá. Así que tengamos paciencia en ver los frutos de nuestras buenas conductas (Gá. 6:7-10).
¿Me importa ayudar a los demás? ¿Qué tan dispuesto estoy a sacrificarme para el bienestar de mi prójimo? ¿Mi silencio me vuelve cómplice de la maldad, o soy un férreo defensor de lo bueno? ¿Qué bien estoy haciendo aquí y ahora?
Te invito a que te actives en hacer el bien a los demás. Recuerda: “El que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, comete pecado.” (Stg. 4:17).
Por último, el ejemplo más sublime de hacer el bien lo encontramos en Jesucristo. Él hizo el bien a todos siempre. Cristo vino a enseñarnos a parecernos a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos (Mt. 5:45). Si tú y yo decimos ser seguidores de Jesús, hagamos el bien sin importar el precio.
Será hermoso que nos recuerden por las buenas acciones cuando muramos. E incluso si nadie nota nuestras buenas obras, no olvidemos que hay un Dios Todopoderoso que nos premiará en la eternidad. Ahí las buenas obras seguirán a los hijos de Dios y descansaremos en los brazos de nuestro Pastor (Ap. 14:13). Amén.
Autor: Freddy Pérez, Teólogo misionero.